AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS

Se conoció como «Encontre de trombonistes Vila de Llaurí». Entre nosotros lo llamamos «La semana del trombón y del arroz». Y vaya si lo era.

 

No se dónde ni cuándo se me ocurrió la idea. Pero ocurrió. Por aquel entonces no nos comunicábamos tanto a través de lo virtual. Todo era más directo. A la cara o por teléfono. Ni mucho menos había todavía Whatsapp, ni audios…nada. Ni siquiera conservo fotos. Sólo el vídeo de aquel «Bohemian Rhapsody» épico que tocamos. Más de 30000 visitas tiene en youtube. Nos pusimos de acuerdo y trajimos a Carlos. No era un curso. Era juntarnos. Se trataba de encontrarse. Sin postureo, sin trivialidades.

Cada uno de nosotros éramos compañeros, amigos y, tal y como mi padre decía, rivales. Y lo llevábamos bien. Sabíamos que tarde o temprano nos íbamos a enfrentar entre nosotros. Enfrentarnos a la vida y a un mercado laboral del que nadie nos había hablado con honestidad. Quizá nadie sepa lo que es realmente hasta que está metido.

Cómo nos divertimos. Aquellos gritos matutinos de Cassiel desde la casa donde dormían que asustó a todas las vecinas de la calle. Jeremy diciendo «I farted on fartons». Jordi jugando (no recuerdo exactamente qué juego era) con mi hermano pequeño sobre una mesa con una moneda. Mata tocando a reventar la melodía de «The final Countdown». El pasacalle sólo de trombones que hicimos paseando la paella que mi madre, mi abuela y mi tía Chelo habían hecho. Carlos lanzando la chancla a un alumno porque hacía (de forma reiterada, todo hay que decirlo) la tercera posición demasiado alta. Esos Malagueños que volvieron en autobús desde Cullera justo para el calentamiento. Ese chiringuito de la playa de Cullera atestado de trombonistas. Esa gente de LLaurí alucinando con nuestros conciertos. La cara de orgullo de mi padre no se si por verme tocar con quien estaba tocando o, simplemente, de verme feliz. Vosotros allí.

Los calentamientos con Carlos. Esas clases tan intensas que te daba. Lo honestos y despreocupados que éramos al exponernos al resto de esa manera.  Estábamos seguros. A salvo. Esas sesiones de calentamiento en las que Brandt Attema te llevaba al límite de tocar fuerte. Y no veas cómo respondíamos. Parecíamos las famosas trompetas de la biblia derribando las murallas de Jericó.

Por encima de todo, olvidamos por completo cualquier cosa que no fuera amistad, disfrute y diversión. No había cargas pesadas aún. Ni hipotecas, ni hijos,  ni pesadillas laborales, ni frustraciones verdaderas.

El camino se estaba a punto de abrir ante nosotros. Y nosotros íbamos a empezar a recorrerlo.

 

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